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Tema: Turismo Sexual, Y/o Prostitucion?

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    Predeterminado Turismo Sexual, Y/o Prostitucion?

    Turismo Sexual Femenino

    Algunos países ofrecen el sexo como un atractivo para el turismo que reporta unos beneficios económicos astronómicos solo para unos pocos. Pero el turismo sexual es un dinamizador económico que esconde muchos problemas: pobreza, esclavitud, violencia de género, tráfico de personas… A pesar de esto, viajar con el fin de mantener relaciones sexuales, especialmente hacia países en vías de desarrollo, se ha convertido en algo más común de lo que podemos imaginar.
    El auge del turismo sexual femenino es una cuestión de la que resulta difícil hablar. Muchas corrientes feministas estudian la prostitución como una extensión de la violencia patriarcal; otros muchos académicos niegan que este tipo de turismo conlleve el ejercicio de la prostitución por parte de los hombres y victimizan a las mujeres como engañadas por conquistadores locales. Se trata de un fenómeno tan incómodo como interesante por sus consecuencias en los estudios de género, clase social, cultura, raza y, en especial, en la mezcla e interacción de todas estas categorías.

    Onindo, Muga y Chineye charlan de camino a la playa. Los espera, si todo sale bien, una jornada larga e intensa. Un amigo suyo que trabaja en el hotel Serena los ha avisado de la llegada de un autobús lleno de mujeres holandesas de mediana edad. La mayoría no han preguntado por safaris ni excursiones, sino que piden directamente información sobre la vida nocturna y las mejores playas, lo que ya en sí es un código. Ellos tres ya han tenido algún contacto con mujeres de Países Bajos; quizá conozcan incluso a alguna de entre las recién llegadas. Su piel se quema pronto, les gusta bailar, beber y son directas con lo que quieren y lo que no. Hoy solo Muga viste de masái; hace unos días comenzó un romance con una joven vienesa y las jóvenes necesitan mayor escenificación. A sus compañeros no les hará falta el disfraz hoy.

    Kenia es un país multiétnico en el que menos del 1% de la población pertenece a la tribu de los masáis. Sin embargo, tras el éxito de taquilla de La masái blanca, la historia de un romance entre un hombre masái y una mujer europea, los países con población de esta etnia, especialmente Tanzania y Kenia, introdujeron en sus folletos turísticos una imagen de un hombre alto, guapo y fornido vestido con el traje típico de los masáis. El sector turístico conoce bien este estereotipo y explota su atractivo sabiendo que vender un viaje es vender una ilusión.
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    Pedro Quispe camina por Cuzco de la mano con una chica californiana. Le está enseñando la ciudad más allá de las típicas atracciones turísticas. Le preparará una infusión de coca y le dará chiri uchú casero; a cambio pasará estos días a gastos pagados y podrá presumir ante los vecinos de su nueva conquista. Con desprecio, muchos le llaman brichero o cazagringas. Aunque ha tenido varias relaciones con peruanas, le gusta hacer de guía con las viajeras, ganarse su confianza y entablar una relación más allá. El abanico de calificativos que recibe crece por momentos; va dando bandazos de pícaro a prostituto, de vendido y buscavidas a casanova. Algunos creen que es para lograr un pasaje a Estados Unidos o Europa; otros lo consideran todo un semental y destacan que tiene más éxito entre las extranjeras blancas que los peruanos de clase alta con rasgos más europeos.

    Los bricheros se muestran espirituales y misteriosos; ofrecen un camino por el Perú más auténtico: pasar de hacer turismo a viajar. Las alabanzas y desprecios que reciben de otros peruanos no opacan el hecho de que se trata de una fuente de ingresos clave con la que muchos jóvenes quieren contar. Aunque muy probablemente no les darán dinero directamente; los invitarán a comer, a viajar y a ir a lugares a los que difícilmente tendrían acceso de otro modo. Los más ambiciosos aspiran a conseguir el bridge (puente), una novia que se enamore de ellos y quiera llegar al matrimonio. Como se suele decir, de forma algo burda, las formas de salir del país son “en barco, en avión y en gringa”.
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    Nos quedamos en el continente, pero dando un gran salto para internarnos en un antro de música reggae de Kingston. Tres amigos rastafaris explotan el estereotipo ligado a Bob Marley para lanzarse a la conquista de tres británicas y ser sus guías y amantes durante los próximos cinco días. Se presentan como un bocado de lo auténtico frente a los resorts y las playas cercadas. Algo similar ocurre tras los grandes hoteles de Saly en Senegal: varios jóvenes hacen deporte en la playa exhibiendo músculo mientras se saben contemplados por un grupo de francesas.

    A pesar de estar a kilómetros de distancia, en países con contextos históricos totalmente diferentes y con unos códigos culturales difíciles de comparar, todos estos hombres tienen algo en común: viven de la cara b del sector turístico en sus respectivos países. Las agencias de viajes venden la ilusión de un encuentro sexual o romántico como una mercancía más. La construcción del otro puede salir muy rentable, un exotismo idealizado que se empaca con la experiencia de conocer otros mundos en una semana por 1850 euros, vuelo incluido.

    Es frecuente que el turismo sexual femenino se dé en destinos turísticos que se ofertan como paquetes y que tapan importantes desigualdades sociales tras grandes complejos hoteleros en primera línea de playa. Las excursiones, las comidas y las fiestas están milimétricamente encajadas en los días señalados y muchos turistas tienen la sensación de no conocer lo auténtico. Detrás de estos paquetes hoteleros y en los márgenes de las excursiones, estos hombres se personan como guías en representación de esa autenticidad, pero cuyo rol está igualmente medido y comercializado desde las agencias.

    En los escenarios españoles la célebre cantante italiana Raffaella Carrà cantaba una versión en castellano que se haría de oro en el pop de aquellos años 70 en la que coreaba “para hacer bien el amor hay que venir al sur”. Pocas canciones reflejan mejor la construcción del otro, además de vincular el eje norte-sur con la libertad sexual femenina. La canción original hace referencia directa al abismo entre el norte y el sur existente en Italia y a esa idea estereotípica de que el norte tiene el dinero, pero en el sur se sabe vivir mejor.
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    El turismo SOS no es un fenómeno nuevo ni para las mujeres ni para los hombres. Pero que proliferen las relaciones entre mujeres heterosexuales con cierto poder adquisitivo que podríamos denominar occidentales y hombres locales que explotan los estereotipos para conquistarlas sí es relativamente reciente o, por lo menos, tiene consecuencias que lo son.

    El viaje es el contacto con el otro, pero nos encontramos con que el turismo, y en especial el turismo masificado, tiene unos efectos irreversibles sobre la población local que alteran las redes preexistentes. Todo ello se une al concepto de turismo sexual como una forma de viajar en la que se suma una conducta de libertad sexual con un abismo en la renta entre el recién llegado y los locales.

    El hecho de que las mujeres tengan el rol de consumidoras de prostitución supone un giro en los estudios de género que identifican la prostitución como una cara más de la opresión patriarcal. Sin embargo, existen diferencias en la forma de consumirlo y en las resistencias con respecto a llamarlo como tal o incluso a entenderlo realmente como intercambio.
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    El turismo sexual de las mujeres tiene, entre otras características, un fuerte componente racial unido a una idealización de lo considerado hipermasculino, pero desde una posición privilegiada en lo económico. El término interseccionalidad, entendido como la relación que existe entre los diferentes sistemas de opresión (raza, clase, sexo, discapacidad, orientación sexual…), encuentra en este fenómeno experiencias que resultan novedosas en el estudio de cómo interactúan estas categorías en ejemplos concretos.

    Hace unas décadas el turismo sexual se identificaba con hombres heterosexuales que viajaban y tenían relaciones con prostitutas y, en menor medida, prostitutos. Hoy ese perfil quizá siga siendo el mayoritario, pero emergen otros que remueven los conceptos preestablecidos desde el género e incluso la orientación sexual. El hecho de que muchos hombres obtengan sus principales ingresos entablando relaciones sexuales y sentimentales con mujeres extranjeras tiene consecuencias en cómo se perciben ellos mismos y en cómo son percibidos en su entorno social.

    Con frecuencia, cuando las mujeres viajan con el objetivo de vivir una aventura con un local, el intercambio no se hace explícito, lo que hace que frecuentemente se denomine turismo de romance y existan recelos con respecto a la idea de calificarlo como prostitución. Muchos estudios etnográficos que han tratado el tema ponen incluso en cuestión el concepto de prostitución, pues el intercambio de lo afectivo-sentimental y sexual por recursos o dinero sucede en diversos ámbitos de la vida a los que nadie se atrevería a calificar de prostitución. Esto es también una crítica compartida por muchas autoras feministas posmodernas. Además, lo que se denomina como tal cambia de una cultura a otra, lo que viene a dificultar un estudio exhaustivo del fenómeno.
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    Asimismo, no puede ignorarse el hecho de que analizar estas relaciones no puede conllevar una generalización. No todos los encuentros son iguales ni tienen las mismas características; en muchos casos, la ausencia de roles establecidos o el desconocimiento llevan a situaciones ambiguas en las que los objetivos de ambas partes no están bien definidos.

    Con la ampliación del perfil del turista sexual más allá del hombre heterosexual occidental, comienzan a unirse otros perfiles que abren una serie de interrogantes alrededor de qué es exactamente la prostitución y cómo se configuran las relaciones de poder en torno a encuentros en los que se mezclan el género, la clase social y la cultura.

    Damos un salto espaciotemporal para viajar a la Cuba de los años 40 y 50. La isla se vendía como el destino turístico del juego, las playas, la diversión y el sexo en Estados Unidos. En parte por esto estuvo tan estigmatizado el sector turístico en las primeras décadas tras la toma de poder de los barbudos: los países ricos acudían para divertirse sin filtros a los países más pobres, una cara más de la división internacional del trabajo. Sin embargo, la prostitución se mantuvo durante la revolución cubana, aunque ocultada —y perseguida—, y en la década de los 90, tras el duro golpe por la caída de la URSS, Cuba atravesó un periodo de aperturismo con respecto al turismo que conllevó un auge del turismo sexual no siempre explícito.

    De hecho, Cuba es un ejemplo bastante claro de lo que sucede en muchos otros países del sur mundial: convive una economía local con una para los extranjeros a la que los locales apenas tienen acceso, salvo de refilón o clandestinamente. Es más, en la isla se han atravesado momentos conocidos como de “apartheid turístico” en los que los locales no podían entrar a ciertos lugares.

    En estas condiciones, se da la situación de que, aunque las necesidades más básicas están cubiertas, la llegada de extranjeros hace palpable el estancamiento de la economía local y la dificultad de acceder a ciertos bienes y servicios a los que los extranjeros sí pueden acceder. Una desigualdad palpable tras un escaparate. Para muchos jóvenes, la manera de acceder a estos recursos es a través de una práctica conocida como jineterismo o “cabalgar al turista”.
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    El jineterismo en Cuba es un fenómeno harto conocido y es curioso observar cómo en algunos foros de viaje y guías como la Lonely Planet se alerta contra los jineteros equiparándolos con timadores de turistas y vendehúmos. Estos sujetos están fuertemente racializados, lo que tiene relación con la erotización durante la colonización del Caribe y de África, la esclavitud ligada al deseo sexual y la concepción de los mulatos como sujetos ardientes y más salvajes. En el caso del Cuba —si bien es bastante extrapolable—, la raza tiene un componente de clase innegable: aunque la revolución cubana negó el racismo en su corpus ideológico, existe un sesgo laboral y de poder importante. Además, dado que las principales familias opositoras que envían remesas desde el exterior son blancas y de origen español, la doble economía profundiza aún más esta desigualdad racial.

    El jineterismo es un buen ejemplo para ilustrar cómo muchos jóvenes se sirven de los estereotipos con los que son identificados para participar en este sector de la economía que tantos beneficios ocultos les reporta. El componente de género tampoco puede negarse: en Cuba se tilda frecuentemente a los jineteros de sementales o valientes y a las jineteras de inmorales. Tampoco puede olvidarse la variable de la orientación sexual: a los jineteros que frecuentan hombres se los denomina pingueros y cargan con estigmas propios (aunque, relacionados con los anteriores).

    Sin embargo, a medida que se hace más explícita la instrumentalización, estas categorías se van diluyendo. En otros países, como Senegal o Kenia, donde el turismo sexual se hace más explícito y pierde ese romanticismo, comienza a surgir un debate de quién instrumentaliza a quién.
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    Las importantes desigualdades económicas existentes en estos casos hacen que el debate sobre la libertad de elección en estos encuentros pierda consistencia y muchos hombres admitan sentirse víctimas de la situación tanto por la instrumentalización de sus cuerpos como por las repercusiones sociales en su entorno. Estos encuentros son un verdadero experimento social que pone sobre la mesa una serie de interrogantes claves en los estudios etnográficos, marxistas y de género. ¿Obran las mujeres igual que los hombres una vez alcanzada la misma posición en cuanto a poder y recursos? ¿Puede el orden patriarcal al sistema económico internacional? ¿Cómo repercute este turismo en relación a las mujeres locales? ¿Implica el turismo sexual entre países ricos y pobres siempre, de alguna manera, prostitución? ¿Cómo influye el marketing turístico y de búsqueda de lo auténtico en este tipo de turismo?
    (elordenmundial.com)






    Pinceladas historicas

    La prostitución se define como el acto de participar en actividades sexuales a cambio de dinero o bienes. Puede ser tanto heterosexual como homosexual, y puede involucrar a travestidos y transexuales. El término genérico empleado para referirse a quien la ejerce es prostituto/a. Ha sido calificada eufemísticamente como la “profesión más antigua del mundo”, ya que se conoce prácticamente desde que existen registros históricos de algún tipo, y en prácticamente todas las sociedades.
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    • El término prostitución proviene del término latino, prostituere, que significa literalmente “exhibir para la venta”.

    • El término “loba” como equivalencia de prostituta viene de los ritos producidos en febrero en honor al dios romano de los campos y los pastores, Fauno Luperco (Lupus-lobo). Eran llamadas lobas u originalmente lupas las que ejercían la prostitución sagrada con los sacerdotes de este dios, los luperci, en el Ara Máxima.

    • En el panteón romano de deidades una diosa menor de la agricultura era llamada “Puta”, aunque es pura coincidencia.
    • Las prostitutas, así como hoy ocultan sus negocios haciéndolos pasar por casas de masajes o los anuncian con luces rojas, en la Edad Media (s.XII) los disimulaban como si se tratara de tabernas, colgando en su puerta un ramo. Por esa razón, empezaron a llamarlas coloquialmente “rameras”.

    • En el tercer milenio antes de Cristo, en Babilonia todas las mujeres tenían la obligación, al menos una vez en su vida, de acudir al santuario de Militta (la Afrodita griega) para practicar sexo con un extranjero como muestra de hospitalidad, a cambio de un pago simbólico. Este rito tiene su origen en la diosa de la cultura sumeria Innana, diosa de la belleza y la sensualidad. Sus sacerdotisas, que se habían consagrado vírgenes al servicio del templo, fornicaban con aquellos que habían dejado en el templo una ofrenda económica a la diosa. En la Biblia hay numerosas referencias a los actos “abominables” de estas sacerdotisas, las canaanitas.
    • La divinidad amorosa Innana/Ishtar es la protectora de las prostitutas y de los amoríos extramaritales, que por cierto no tenían connotación especial en Babilonia, ya que el matrimonio era un contrato solemne que perpetuaba la familia como sostén del estado y como generadora de riquezas, pero en el que no se hablaba de amor o de fidelidad amorosa. Así, a los hombres se les permitía ofrecer a sus esposas como pago colateral por un préstamo.

    • En la Grecia clásica, la prostitución era practicada tanto por mujeres como por hombres jóvenes. El término griego para la prostitución es porne, derivado del verbo pernemi (vender), lo que derivado en la acepción moderna. Las prostitutas debían vestirse con ropas distintivas y estaban obligadas a pagar impuestos. En la iglesia tenían un lugar reservado e incluso, al morir, eran enterradas separadas del resto.
    • Se cree que fue en la antigua Atenas donde se estableció el primer burdel, en el siglo VI a.C., como local de negocio (un servicio equivalía al salario medio de un día).

    • En Imperio Romano, la prostitución era habitual y había nombres distintos para las mujeres que ejercían la prostitución según su estatus y especialización. Las cuadrantarias eran llamadas así por cobrar un cuadrante (una miseria). Las felatoras eran practicantes expertas de la fellatio, considerado como el acto más degradante.
    • En la Roma Clásica, algunos prostitutos masculinos esperaban en las esquinas de los baños a mujeres que solicitaran sus servicios. Según la jerarquía romana de la degradación sexual, un hombre sospechoso de practicar cunnilingus a una mujer se rebajaba más que uno que fuera penetrado por otro hombre. Se le imponía el estatus legal de infame, al mismo nivel que prostitutas, gladiadores y actores, lo cual le impedía votar y representarse a sí mismo ante un tribunal.

    • Los egipcios fueron los primeros en prohibir las relaciones carnales con las mujeres nativas o peregrinas domiciliadas en los templos y demás lugares sagrados de la época. En el antiguo Egipto, algunas mujeres, no siempre prostitutas, conocidas como felatrices, se pintaban los labios de un determinado color para dar a conocer su inclinación por esta práctica.
    • En la cultura fenicia surgió la celebración de una serie de fiestas o ceremonias en honor de las dos divinidades del amor. En estas fiestas, las mujeres se golpeaban duramente el cuerpo, para más tarde ofrecer sus cabellos a la diosa. Las mujeres que querían conservar su cabellera, con evidente menosprecio de su pudor, abandonaban el templo y se dirigían a una especie de mercado donde sólo tenían acceso ellas, además de los extranjeros. Estaban obligadas a entregarse tantas veces como fueran requeridas. La recaudación de aquel comercio carnal se destinaba a adquirir ofrendas para las imágenes de la diosa. Con el tiempo adquirió un sentido comercial que se extendió por todo el mediterráneo.

    • En el siglo IX, Carlo Magno ordenó el cierre de todos los establecimientos donde a las mujeres se les permitía tener relaciones sexuales promiscuas y dispuso el destierro de las prostitutas. Pero dada la gran corrupción, las medidas legales resultaban inocuas. Durante las Cruzadas, las mujeres libertinas se vestían de hombres para poder viajar junto a los ejércitos, y así ofrecerles al anochecer sus servicios.
    • En la Edad Media, la recesión económica hizo que las prostitutas se establecieran en urbes grandes, generalmente villas universitarias, por la gran afición de los estudiantes a sus servicios. Era deber de los rectores vigilar que los estudiantes no frecuentasen los dominios de estas mujeres, aunque tenían muy poco éxito. Las meretrices también acudían con las ferias ambulantes y las grandes fiestas populares, como el carnaval o los torneos.
    (culturizando.com)






    Turismo sexual y primeros prostibulos en España

    "Jaime II prohibió a las «mujeres públicas» ejercer su profesión en las calles de Valencia en 1321 y creó un prostíbulo que, a la postre, se convirtió en el más grande de Europa. Decenas de sus clientes (una buena parte extranjeros) dejaron por escrito la buena impresión que les causaron sus meretrices"

    Un mal necesario mediante el que controlar los impulsos más primarios de jóvenes ansiosos y evitar que ejercieran la violencia contra las «mujeres honradas» (como eran conocidas por entonces las damas que no vendían su cuerpo por dinero). Esta era la función principal que tenían los prostíbulos para aquella primitiva España previa a los Reyes Católicos. Una idea que ya había expuesto mucho antes San Agustín mediante una sencilla -y cruel- comparación: «Quita las cloacas en el palacio y lo llenarás de hedor; quita las prostitutas del mundo y lo llenarás de sodomía». Quizá por ello ciudades destacadas fundaron sus propias mancebías a partir del siglo XIII. Aunque también por la necesidad de apartar a las meretrices de las calles más concurridas y ubicarlas en zonas menos transitadas.
    Sevilla, Barcelona... Las urbes que fundaron prostíbulos dentro de sus muros durante la Edad Media fueron muchas. Sin embargo, hubo una cuyo lupanar llegó a ser conocido en toda Europa durante los más de tres siglos que estuvo activo: Valencia. Y es que, además de contar con un tamaño considerable (agrupó -según algunas fuentes- hasta dos centenares de meretrices en sus mejores años) solía recibir los halagos de las decenas y decenas de clientes que atravesaban cada día su puerta. Este continua clientela convirtió a la mancebía (proyectada originariamente por el rey Jaime II en 1325) en una de las mayores atracciones de la ciudad. Así fue hasta que cerró sus puertas entre 1651 (cuando se ordenó a las mujeres abandonar el lugar) y 1671 (año en que la última meretriz salió del lupanar).

    El origen de la prostitución legalizada hay que buscarlo a mediados del siglo XIV. Al menos, así lo afirma el historiador Eduardo Muñoz Saavedra en su dossier « Ciudad y prostitución en España en los siglos XIV y XV». En dicha obra señala que la medida «respondió, en parte, a la necesidad de controlar un oficio condenado moralmente por el conjunto de la sociedad medieval y sus instituciones». Pero no fue la única causa. Explica también, que los burdeles se crearon para «encerrar en el interior a las mujeres de vida airada apartándolas de la “comunidad sagrada”». Una idea que corrobora, por ejemplo, una ordenanza murciana de 1444 (año en que la urbe fundó su mancebía): «[mandamos] que todas las malas mujeres rameras […] salgan de la ciudad de entre las buenas mujeres e se vayan al burdel».

    Con todo, lo que llevó a estamentos como el religioso a aceptar la prostitución fue la necesidad de controlar los impulsos de los jóvenes más alocados. Así lo determinan autores como la historiadora Noelia Rangel López en su dossier « Moras, jóvenes y prostitutas: acerca de la prostitución valenciana a finales de la Edad Media»: «Si bien eran denigradas por su trabajo a causa del tabú del sexo, a diferencia de otros grupos marginados eran consideradas como un “mal necesario”». Para la experta española las meretrices ejercían un rol social al «canalizar la violencia sexual» para que no se ejerciese contra las mujeres honradas. «Por todo ello no debe extrañar que, desde mediados del siglo XIV, de la mano del afán regulador de los municipios, se empiece un proceso de institucionalización de la prostitución», completa.

    Bajo estas premisas nació la prostitución pública (llamada así por ser legal, y no por estar sufragada por el Estado) en torno a la figura del burdel. Mes va, año viene, diferentes ciudades inauguraron sus mancebías tras expulsar de las calles y tabernas a las prostitutas. Así abrieron las puertas lupanares como el de Sevilla en 1337, el de Murcia en 1444 o el de Barcelona en 1448. Con todo, esta legalización demonizó también a otras muchas meretrices que se negaron a dejar sus antiguas zonas de trabajo, aquellas que llevaban a cabo su labor de forma externa a la ley. «La prostitución clandestina era la prostitución ilegal, la que queda al margen de la ley, y por lo tanto la única perseguida y castigada por la justicia. Generalmente el castigo era una sanción pecuniaria, y en caso de que esta no pudiera pagarse […] la pena se pagaba con azotes», añade la experta. Sobre estos mimbres se elevaría el prostíbulo más grande de Europa: el inaugurado en Valencia.

    El origen del gigantesco burdel hay que hallarlo en la reconquista de la urbe. Según afirman José Ignacio Fortea, Juan Eloy Gelabert y Tomás Antonio Mantecón en su libro « Furor et rabies: violencia, conflicto y marginación en la Edad Moderna», fue en aquellos años en los que «ganada la capital al Islam y ocupada por los cristianos, las prostitutas se instalaron en Valencia, como podía hacerlo un tabernero, un zapatero o cualquier profesional». Las meretrices ejercieron su labor en calles, posadas y hostales hasta el siglo XIV. Concretamente hasta 1321, en palabras del historiador del XIX Manuel Carboneres. Ese fue el año en el que el rey Jaime II hizo público un documento considerado, a día de hoy, como uno de los primeros testimonios de la existencia de este lupanar. En el texto, el monarca afirmaba «que ninguna mujer pecadora se atreva a bailar fuera del lugar que ya tiene habilitado para estar».
    Esta fecha, no obstante, es la menos popular entre los historiadores. La mayoría de los autores afirman que la primera referencia al burdel se dio cuatro años después. Uno de ellos es Vicente Graullera, quien determina en su popular dossier « Los hostaleros del burdel de Valencia» que «Jaime II ordenó en 1325 que las mujeres públicas se abstuvieran de ejercer su profesión en las calles de la ciudad, debiendo mantenerse en un lugar destinado para ellas».

    Más allá de estas pequeñas diferencias temporales, lo que está claro es que a principios del siglo XIV ya se había habilitado un burdel para las prostitutas de la zona fuera de las murallas de la urbe. Concretamente, cerca de «las partidas ó barrios, como diríamos ahora, de Roteros, Moreria y la Pobla», en palabras de Carboneres. «Ganada la capital al Islam y ocupada por los cristianos, las prostitutas se instalaron en Valencia, como podía hacerlo un tabernero, un zapatero o cualquier profesional» Poco a poco, el burdel de Valencia fue adquiriendo unas características propias que le diferenciaban del resto de edificios similares. «Era bastante singular respecto a los restantes barrios. Ubicado intramuros pero alejado del centro urbano, próximo a la morería y al espacio destinado a ciertas actividades gremiales consideradas insalubres […]. Ajeno a cuanto le rodeaba, disponía de su propio ambiente», añaden los autores de «Furor et rabies: violencia, conflicto y marginación en la Edad Moderna». A nivel práctico, estaba organizado como una pequeña comunidad dirigida por un Regente. Y así se mantuvo durante más de tres siglos. Años en los que terminó siendo conocido como uno de los prostíbulos más grandes de toda la Europa medieval.

    Durante los siglos que estuvo activo, el burdel de Valencia vio pasar decenas de mujeres públicas (como eran conocidas las prostitutas). A día de hoy es difícil establecer cuál fue el número máximo de meretrices que albergó el prostíbulo entre sus muros, aunque la mayoría de autores coinciden en que vivió sus mejores momentos a finales del siglo XV. En este sentido, un viajero afirmó en 1501 que contó «entre 200 y 300» trabajadoras asentadas en el lupanar. Las cifras parecen exageradas, pues la mayoría de los registros hacen referencia a la presencia de hasta un centenar. Lo que sí está claro es que no provenían únicamente de dicha urbe. «La mayoría procedían de otros reinos o localidades, quizá para eludir problemas personales o familiares», determinan los autores de la obra colectiva. Tal era la cantidad de ciudades de las que llegaban, que nuestras protagonistas eran conocidas por su lugar de procedencia («la aragonesa» o «la de Murcia» son dos ejemplos de ello).

    Otro tanto sucedía con las religiones que profesaban las prostitutas, como bien señala Rangel: «El acceso al burdel era libre tanto para ciudadanos como para extranjeros cristianos, sin embargo, judíos y musulmanes tenían prohibido mantener contacto físico con cristianos». En el burdel de Valencia, las relaciones entre diferentes religiones estaban prohibidas. Podría parecer por el considerable número de prostitutas que las mujeres tan solo debían llegar al burdel y ponerse a trabajar, pero nada más lejos de la realidad. Por el contrario, toda aquella dama que quisiera vender su cuerpo debía solicitar una licencia al Justicia Criminal (un cargo foral) y sumar más de 20 primaveras a sus espaldas. La molestia, con todo, les resultaba provechosa a nivel económico pues (con el paso de los años) las meretrices ubicadas en este lupanar llegaron a cobrar hasta el doble que el resto de sus compañeras.

    A nivel práctico, las prostitutas trabajaban durante una buena parte del día. «Su horario no estaba sujeto a normas concretas, aunque en algunas épocas sufriera limitaciones atendiendo a las circunstancias del momento. La hora de mayor movimiento era el atardecer del día, cuando, terminados los trabajos, crecía la afluencia de clientes en busca de un rato de expansión», añade Graullera. Por descontado, y tal y como señalan los autores de «Furor et rabies: violencia, conflicto y marginación en la Edad Moderna», también influían en sus turnos eventos masivos como ferias o mercados, los cuales solían atraer a cientos de viajeros hasta Valencia.

    El burdel de Valencia permanecía abierto durante casi todo el año. Tan sólo había unas pocas excepciones en las que cerraba sus puertas, y la mayoría se correspondían con fiestas religiosas. Las más destacadas eran las jornadas de Semana Santa. Durante aquellos días las mujeres públicas dejaban a un lado el trabajo y eran internadas en algún centro religioso. Los días que pasaban de retiro espiritual obligatorio eran sufragados por la misma ciudad. «El día antes de la festividad las mujeres eran reunidas en el burdel, para conducirlas ordenadamente al lugar de retiro, que era generalmente el Convento de las Arrepentidas de San Gregorio. Una vez allí se les impedía salir a la calle», añade Graullera en su obra.

    Aquellas jornadas eran más que curiosas. Y es que, mediante continuas charlas y oraciones se buscaba que las prostitutas renunciaran a su trabajo y volviesen al recto camino del Señor. Los conferenciantes les ofrecían incluso ayuda para encontrar marido y les prometían otorgarles una gran dote si pasaban por el altar (dinero que pagaba también la ciudad). A pesar de que eran muy pocas las que dejaban la prostitución, el retiro espiritual provocaba severos dolores de cabeza entre los rufianes (los «chulos» de la época). Estos trataban por todos los medios de boicotearlos para no perder su fuente de ingresos. Además de Semana Santa (y de otras fiestas de similar importancia como las de «la virginidad de María»), las autoridades prohibían a las prostitutas trabajar antes de la misa de los domingos. Saltarse esta norma era algo sumamente grave. Años más tarde la ley se hizo todavía más severa. «Los Jurados de Valencia acordaron la imposición de una sanción de 20 sueldos a las mujeres del burdel, por el simple hecho de almorzar antes de oír misa en los días festivos», añade el experto español.
    Intramuros el burdel no era un edificio como tal, sino que estaba formado por varias calles alrededor de las cuales se levantaban diferentes hostales (unos 15 en las mejores épocas del lupanar) y multitud de casas. Las prostitutas que recibían la licencia del Justicia Criminal podían alquilar una habitación en la hospedería o, directamente, una de las viviendas. En ambos casos sus caseros eran los llamados hostaleros, los mandamases en la sombra de la mancebía. «Cada mujer cuidaba de su casita con esmero, blanqueando su fachada, poniendo flores y arreglándola según su gusto», completan los autores de la obra colectiva. Disponer de una de estas casitas era la mejor opción para las prostitutas, pues les permitía tener una mayor autonomía y alejarse un poco de las miradas de los hostaleros. «Se trataba de casas pequeñas, en su mayoría de un solo piso, las cuales al decir de quienes las visitaron presentaban un aspecto muy limpio y cuidado. Sus fachadas estaban adornadas frecuentemente con flores enredadas y arbustos aromáticos. Solían disponer de un patio trasero donde, además de mantener algún cultivo, podían reunirse en las cálidas noches de verano en animadas tertulias», añade Graullera. «A las mujeres se las podía ver sentadas en la puerta esperando la llegada de clientes o charlando desenfadadamente con los hombres»

    Con todo, las prostitutas que alquilaban estas casas seguían dependiendo de los hostaleros, los verdaderos caciques del burdel de Valencia. Estos mandamases se encargaban de contratar a las meretrices; pactar con ellas un sueldo; interceder ante el Justicia Criminal para que las nuevas trabajadoras recibieran la licencia de mujeres públicas y atender a las damas en el día a día (especialmente cuando se ponían enfermas y no podían vender su cuerpo). Por si fuera poco, también hacían de prestamistas y dejaban dinero a las chicas para que adquirieran desde joyas, hasta vestidos. Ninguna de ellas podía abandonar el lupanar hasta que liquidara todas sus deudas. En la práctica las tenían atrapadas. En este sentido, una buena parte de los viajeros que visitaron el burdel de Valencia coincidieron en que las casas estaban muy bien cuidadas y tenían un aspecto muy agradable. «También resaltan la sensación de las prostitutas, alejadas de toda sordidez», añaden los expertos españoles en su obra.

    La bebida y el jolgorio eran unos ingredientes perfectos para favorecer las relaciones sexuales. Sin embargo, solían derivar también en todo tipo de trifulcas entre clientes. Era entonces cuando entraban en acción los guardias del burdel. La medida más eficaz para evitar estas controversias consistía en prohibir la entrada a todo aquel que causase problemas. Así lo atestigua la sentencia del Justicia Criminal de 1553 sobre un alborotador llamado Miguel Joan Scals al que se le exigió permanecer alejado del lupanar «sot pena de correr la ciutat ab açots y de vint y cinch dies de presó». Estos no eran los únicos problemas que se daban en el lupanar. Además eran habituales los robos a prostitutas, pues las joyas y los vestidos eran bienes muy golosos para los pícaros. Con todo, el que únicamente hubiera una salida en el burdel facilitaba la rápida identificación de los criminales, así como su captura. En este caso, así como en el resto, la figura que se ocupaba de aplicar la ley era el Regente. Un personaje que, además, controlaba que la prohibición de introducir armas se cumpliera e informaba al Justicia Criminal de las sanciones contra los culpables.

    El burdel de Valencia funcionó a pleno rendimiento durante décadas. Sin embargo, a mediados del siglo XVI empezó una lenta pero inexorable decadencia que culminó en 1651. El mismo año en el que Fray Pedro de Urbina (Arzobispo y Virrey de la ciudad) ordenó que las mujeres de malvivir abandonaran su trabajo y pasaran «a servir, o estar en sus casas» so pena de ser expulsadas de la ciudad en un plazo de diez días. Al religioso le costó algo más de lo que pensaba acabar con las meretrices, pues no fue hasta 1671 cuando las pocas que quedaban fueron retiradas a un convento.

    Así recoge Carboneres este momento en su minuciosa obra sobre el burdel. «El de Valencia, que según parece estaba protegido por personas de gran influencia», fue de los burdeles que mas se resistieron; ya le habían abandonado sus habituales inquilinas, con su cortejo de Celestinas, a quienes las autoridades obligaron a buscar otro refugio, y todavía resistían en dicho local siete mujeres, fundandose en que no tenían sitio en donde albergarse. En esta ocasión el jesuita valenciano P. Catalá diligenció que dichas mujeres fuesen conducidas al monasterio de San Gregorio de esta ciudad, en donde pasó él mismo á convertirlas, lo que consiguió con tan gran éxito, que según asegura el bibliógrafo Rodríguez, que pudo ser testigo de estos sucesos, aquellas siete pecadoras se convirtieron en siete ángeles». El autor decimonónico señala, con todo, que no fue una buena idea clausurar el burdel, pues provocó que las mujeres se «desparramaran» por las calles: «¡En los pocos días que estuvieron en Madrid las tropas del archiduque Carlos, el rival de Felipe V, dejaron en los hospitales mas de 2.000 hombres atacados del mal venéreo! ¡Prueba grande de que no basta quitar un vicio por medio de un decreto, cuando, como el presente, está fundado en nuestra flaca naturaleza!».
    (abc.es)
    Los burdeles municipales pretendían domesticar la violencia urbana derivada de la crisis social bajomedieval, pero también ejercer un cierto control sanitario dado la expansión pandémica de la sífilis en el siglo XV. El cierre de este tipo de mancebías supuso el fin de la permisividad y el inicio de una larga etapa de represión que derivaría en una absoluta falta de control de este tipo de actividades y de su caída en las redes de la sordidez y la delincuencia.

    En el siglo XVIII, con la higiene como valor ilustrado, se pretendió establecer una estricta compartimentación de los espacios de la esfera pública como expresión del temor de una prostitución descontrolada. Y ya en la bisagra de los siglos XIX y XX, Pedro de Cabarrús y Antono Cibat establecieron sendas propuestas para una nueva reglamentación de la prostitución, si bien no sería hasta mediados de 1840 cuando se empezaron a establecer los primeros controles legales.

    En 1846, Málaga ya llevaba un registro de prostitutas locales, seguida por Zaragoza y Cádiz, que afrontó el establecimiento de un marco legal que circunscribía el ejercicio de la prostitución a los espacios cerrados y ocultos de las casas de tolerancia. Y finalmente, en 1935, se suprimió la legislación de la prostitución.

    Durante la etapa franquista, se reestableción el sistema de casas toleradas entre 1941 y 1956, año en el que España se adhirió a los convenios internacionales contra la trata de blancas y, en consecuencia cerró los registros municipales y los controles médicos y volvió a relegar a las prostitutas a una alegalidad que continúa hoy.
    (elmundo.es)






    Cifras y leyes

    Europa está lejos de ser una unión en muchos ámbitos. También en el de la Hidden Content . Mientras los países en el centro del continente la han legalizado y regulado, otros castigan a quienes venden su cuerpo, mayoritariamente mujeres, pero Hidden Content . Entremedias, un abanico de clasificaciones legales que prohíben los prostíbulos o el proxenetismo. Por el camino, también, el oscuro mundo del negocio ilegal, profuso en muchos países, azuzado en algunos casos por los agujeros legales y en otros, por la permisividad de quienes prefieren, directamente, mirar hacia otro lado. (elconfidencial.com)
    Hidden Content name="allowFullScreen" value="true">Hidden Content type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="620" height="350">
    Existen cuatro modelos de regulación del ejercicio de la prostitución, cinco si contamos a los países como España,Portugal y en cierto modo Hidden Content , que apenas la regulan. Estos cuatro modelos serían:

    a) el prohibicionista, donde se persigue a prostitutas, clientes y proxenetas. Desde su punto de vista, todas estas figuras son perseguibles puniblemente ya que esta práctica se presupone incorrecta.

    b) el reglamentarista, en el que la prostitución se entiende como un mal inevitable y donde se le ponen normas sólo a las putas para evitar el carácter pernicioso (según el modelo) en el resto de la sociedad de su práctica, como obligarlas a pasar exámenes de ETS o a prohibir su ejercicio en ciertas zonas.

    c) el abolicionista, donde las prostitutas se consideran víctimas de la sociedad patriarcal en todos sus casos pero se permite su práctica y se las intenta proteger. Todo el peso de la ley cae en los proxenetas y en los clientes, a quienes se pena duramente por intentar contratar los servicios de las mujeres.

    d) el legalizador, que abre la mano al comercio del sexo siempre que se distinga entre la prostitución forzada y la involuntaria. A las prostitutas voluntarias, derechos y obligaciones laborales. A las involuntarias, protección y auxilio.

    Los modelos legalizador y reglamentarista son próximos entre sí, así como el prohibicionista lo está del abolicionista. Cuando se debate sobre los efectos de la legalización o despenalización de la prostitución, los académicos suelen buscar las diferencias entre estos dos grandes espectros. Los países más estudiados sobre este tema han sido:

    Hidden Content como estandarte abolicionista, seguido de Noruega, Hidden Content
    , Islandia o Hidden Content .
    Hidden Content name="allowFullScreen" value="true">Hidden Content type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="620" height="350">
    Hidden Content representa el país pionero en el modelo legalizador de la prostitución, Hidden Content o Hidden Content .

    Y pese a que se dice que no hay ninguna nación que adopte totalmente un modelo prohibicionista, algunos coinciden en catalogar a Hidden Content con dicho sistema.

    En cualquier caso, tanto las aseveraciones de ambos grupos (pro y anti prostitución) como las de los escasos grupos neutrales son lo suficientemente sólidas como para que aceptemos algunas premisas, aunque sus cifras finales sean más bien estimativas y no certezas categóricas.

    1) Que la concesión de licencias a los prostíbulos con un sistema legalista no reduce el tráfico sexual, sino que conduce a una expansión de la Hidden Content . Que la lucha contra el tráfico sexual se vuelve incluso más costosa en algunos casos.

    2) Que hay una correlación estadística, aunque no está demostrado que exista una relación causal, entre los países que legalizan la prostitución y el aumento de la trata dentro de sus fronteras.

    3) Que la legalización beneficia legalmente a los proxenetas, que se convierten en empresarios del sexo, y que en muchos casos pierden algunos de los costes anteriormente asociados a su ejercicio.

    4) Que la legalización también trae como efecto una mayor competitividad de mercado entre las prostitutas, lo que lleva a que tengan que trabajar más y aceptar más variedad de servicios (al menos sobre el papel) por menos dinero.

    5) Que mientras que en Alemania la legalización de la actividad entre 2001 y 2013 (la ley cambiaría después) “no ha aportado ninguna mejora efectiva medible en la cobertura social de las prostitutas” ni ha ayudado a que baje en el número de mujeres que abandona la profesión, en Holanda el 95% de las prostitutas dicen sentir que tienen más derechos laborales.

    6) Que la criminalización de la prostitución, bien hacia las prostitutas, los clientes o los proxenetas, no mejora las condiciones de vida de las mujeres que ejercen.

    7) Que la criminalización del cliente y el proxenetismo no es suficiente para abordar el tema de la prostitución.

    8) Que la implementación de leyes contra la prostitución parece reducir esta práctica, aunque no puede definirse con claridad porque también se sabe que mucho de este trabajo se desplaza a lugares invisibilizados. Es decir, que las prostitutas en países prohibicionistas y abolicionistas están aún más desprotegidas.

    9) Que la implementación de una ley abolicionista hace que, al haber menos demanda, las mujeres consienten peores condiciones de trabajo para poder sobrevivir.

    10) Que en las sociedades donde se legaliza la prostitución la gente es más tolerante, y que en los países donde se establece un modelo prohibicionista esta práctica se justifica menos.

    11) Que la Hidden Content sigue existiendo tanto bajo unos como bajo otros modelos.

    12) Que tanto en Holanda como en Alemania la ley se aplica sólo a las personas trabajadoras del sexo de la UE, con lo que las personas nacionales de terceros países no pueden ejercer la prostitución legalmente. En torno al 70-85% de las prostitutas que ejercen en ambos países son extranjeras, por lo que muchos burdeles siguen operando ilegalmente y la situación laboral de la mayoría de las prostitutas no mejora en los países en los que actualmente es legal.

    13) Que la inmensa mayoría de las trabajadoras sexuales dicen que les gustaría dejar la industria, pero que es su única manera de hacer una suficiente cantidad de dinero para sobrevivir. Que dos tercios de las trabajadoras del sexo cumplen criterios psicológicos para diagnosticar estrés post traumático, aunque esta dolencia pueden haberla adquirido por cosas no relacionadas con su trabajo.


    [14) Que en las sociedades donde las trabajadoras sexuales son consideradas víctimas por la ley, enfrentan un estigma aún mayor cuando son arrestadas.

    15) Que la mayoría de estudios se centran en las condiciones de la prostitución de calle dejando al margen el gran porcentaje de Hidden Content , donde esta práctica es más clandestina.

    16) Que todos los modelos bajo los que se ordena la prostitución son imperfectos, con argumentos positivos y consecuencias negativas en todos los casos.

    17) Que en casi ningún caso los juristas han tenido en cuenta las demandas de las trabajadoras sexuales para elaborar sus leyes, punto que le parece esencial a todos los evaluadores que buscan mejorar y proteger la vida de las prostitutas.
    (xataka.com)

    Se calcula que existen casi 14 millones de personas que ejercen la prostitución en el mundo, en un mercado de más de 150.000 millones de euros. Las tarifas para el cliente varían según el lugar y la persona. En Hidden Content , un euro por un adulto, 1.000 por una virgen. En España, de 300 euros la hora por una acompañante a 20 por 'servicio' en la calle. En Europa, la población más numerosa, unas 400.000, están en Alemania, el 68% procedente de Hidden Content , que ejercen en sus 3.500 burdeles. Sólo 3% trabaja en la calle.

    Una trágica realidad, la que viven miles de mujeres que son víctimas de la esclavitud sexual. "Hay mucho desconocimiento del sistema tan brutal que tiene que enriquecer a tantísimas personas. Hay que dejar clarísimo que detrás de la prostitución, en muchos muchos casos, hay trata, hay explotación sexual, hay abuso y hay violencia". Hidden Content enredan a sus víctimas con ganchos como "ven, ven a Europa vas a ganar 600, 800 dólares por trabajar como camarera, como 'mesera' o como sirvienta en una casa". Una vez que llegan a su destino, las mujeres descubren la trampa: "Se les quita el pasaporte y les dicen 'trabajas 24 horas al día, de domingo a domingo, tú no vuelves a dormir hasta que no ganes esta cantidad de dinero'. Da igual los hombres que quieran estar contigo, si estás enferma, si no estás enferma". "Tienes una deuda que cada día aumenta, la que has contraído en el viaje. Pero cada día que tú estas aquí tienes que pagar por todo: por dormir, por preservativos, por toallas higiénicas, por salir a la puerta de la calle... Hay un sistema de multas que nadie conoce".

    Estas mujeres son víctimas de un sistema del que todos son cómplices, entre ellos, los medios de comunicación: en Europa la prensa recauda 40 millones de euros con los anuncios en los que se ofrecen servicios sexuales. "Lo incentivamos con la demanda", apunta Lozano en referencia a los clientes, "si no quisiéramos cada vez mujeres más jóvenes no se captarían mujeres cada vez más jóvenes". De esta pesadilla no es posible escapar, ni cuando logran ser liberadas por las autoridades. Como explica Lozano, "muchas de las mujeres rescatadas no pueden volver a su país. Si su familia se entera de lo que ha pasado... jamás pueden volver, nunca. Hay poca gente que entienda que esto es una violación de los derechos humanos". Además, "en un proceso de trata todo lo que se incauta es para el Gobierno. De las tratas, todo el mundo saca tajada", explica Mabel Lozano en una entrevista realizada por la periodista Ana Boyero.
    (elmundo.es)

    En el mundo se prostituyen entre 40 y 42 millones de personas, y de ellas el 80% son mujeres o niñas, la mayoría (75%) con edades que van de los 13 a los 25 años. Nueve de cada diez personas que se prostituyen dependen de un proxeneta. “Hay que dejar de banalizar esta realidad, que se traduce ante todo en una violencia ejercida contra las mujeres“.

    Los anteriores son datos del Primer Informe Mundial sobre Explotación Sexual publicado por la Fundación Scelles, el informe realiza una cartografía de la prostitución en una treintena de países y alerta del Hidden Content y de plataformas de anuncios donde los proxenetas reclutan a sus víctimas. La mayoría de las menores prostituidas en Estados Unidos son captadas a través de este supermercado de Hidden Content .
    (muyinteresante.com)


    continuara.........
    Última edición por Lloyj; 17/02/2019 a las 16:29

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